18 agosto 2010

Herman Hesse



... Todo olía a mar, a especias, a lejanía, a canela, a madera de sándalo.

Todo había pasado por manos morenas o amarillas, había sido mojado por la lluvia de los trópicos, había contemplado la maravilla de la selva...

Ahora, para encontrarme a mí mismo, entera y ardientemente, tenía que recurrir a un fuerte estímulo que me sacudiera...


La infancia de un mago

1 comentario:

haideé dijo...

Sacudirnos del atontamiento en que nos sume esa tendencia perniciosa de la memoria "tonta" (léase ego) :)).
Inmensidad en todo... abramos el corazón.

Estoy caminando, viviendo... y mucho mejor, mucho mejor.
Un abrazo lleno de apertura para recibir esa sacudida en completa entrega :)))